
Como explica su mismo autor, Simon Reynolds, Futuromanía (Caja Negra 2024) es una especie de hermano travieso de su anterior libro Retromanía, su imagen invertida en el espejo. Mientras que la retromanía es claramente un malestar, la sensación de que la música de principios del s.XXI era incapaz de imaginar y proponer sónicamente un futuro radical en el que pudiéramos habitar y experimentar por afuera del atolladero del presente, la futuromanía podría leerse más bien como un vigor excesivo. Una afición eufórica por cualquier cosa del presente que pueda interpretarse como la música del mañana...hoy.
Pero, ¿por qué está obsesión con el futuro? Reynolds, fascinado por cómo la música electrónica surge de prácticas de ensamblaje entre lo humano y lo maquínico, nos invita a imaginar la relación entre el sonido y los desarrollos tecnológicos como un vórtice de lo posible y del porvenir. Cuando escuchamos algo que se nos escapa, como un shock que desorganiza las coordenadas del sensorium de nuestro presente, podemos orientarnos hacia el deseo de un mundo otro, rozar lo desconocido y entretejer la fuga. La música no es sólo un lugar donde escondernos de la dureza del mundo tal y como es, una mera estrategia para desactivar el pesimismo del colapso. Sino que la música siempre ha sido una nave nodriza, pasadizo secreto, una comunidad imaginada, una coreografía de lo impensable, una ruta zigzagueante que inventa territorios sin mapa y temporalidades extáticas para alcanzar juntas lo que todavía no es.
El entonces y allí de los futuros sónicos es una situación de escucha colectiva y una práctica de imaginación política. Una conversación con el libro Futuromanía de Simon Reynolds, que explora el umbral entre una conferencia y una pista de baile, donde Aïda Camprubí y laslindaspobres nos arrullarán entre destellos de música y palabras con la promesa de un porvenir, que brillará como rayos de otro mundo que de pronto interrumpen el nuestro, y nos recuerdan que la utopía de futuro existe y que todavía hay posibles









